Mongolia: sentirse en otro tiempo

Éramos cinco en un auto para cuatro. Primera ruptura del contrato. No importa, pensé, mi objetivo sigue en pie. Miré por la ventanilla y el viaje había empezado.
Apenas te alejás unos metros del centro de Ulan Bator, capital de Mongolia, comienza la estepa. Ese paisaje seco, llano, vacío, que si no fuera por las carpas blancas (gers) que de vez en cuando lo salpican, podría pensar que estoy en la estepa patagónica. Pero no, estoy en Mongolia. Creo que no fueron muchas las veces que imaginé estar en este país, pasando por los mismos caminos que alguna vez supo transitar Gengis Khan y su ejército. En ese momento, el imperio Mongol era enorme: llegaba hasta lo que en la actualidad es Rusia e India. Hoy en día, el país solo ocupa una porción entre dos grandes potencias, como si estas no lo dejaran crecer.

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Nuestra primera parada era el pueblo de Omnodelger, un lugar al que no llegan muchos extranjeros. Allí nos esperaba una sorpresa. En los viajes, las cosas que no se planifican suelen ser las que mejor salen o, por lo menos, las que más nos sorprenden. Eso fue lo que pasó en Omnodelger. Nunca olvidaré ese nombre. Ni el de Chullumbatar, nuestro guía improvisado y conductor, quien estacionó el auto viejo frente a un ger: las casas donde vive la mayoría de los mongoles. La estructura de los gers es de madera, cubierta por pieles de animales y una tela gruesa y blanca. Todos los muebles se ubican sobre las “paredes” y en el centro suele haber un horno de hierro con una chimenea, que se prolonga hacia el exterior, y que utilizan tanto para calefaccionar el lugar como para cocinar. Como baño se usa el resto del planeta. Los gers son fáciles de armar y desarmar para acompañar a las familias nómadas que se desplazan siguiendo las pasturas más tiernas para su ganado. Es que la mayoría de la población en este país todavía es nómada.
Entramos al ger, era de su familia. Allí nos recibieron con la bebida tradicional con la que reciben a todas las visitas: té con leche y sal. Sabía que no me gustaba esa bebida y sabía que no podía rechazar la oferta. Con una sonrisa estiré mis dos manos al mimo tiempo (como me habían dicho que debía hacer) y acepté la invitación. Apenas mojé mis labios sentí la sal. No es tan grave, me dije a mi misma, y tomé unos tragos. La familia preparó el almuerzo mientras Chullumbatar (nunca sabré bien cómo se escribe su nombre) me llevó a recorrer los alrededores del ger. Había mucho movimiento. Mucho más del que se suponía debía haber en un lugar así. Con señas y algunos dibujos en mi cuaderno logré entender que ese día se celebraba en el pueblo una gran fiesta. En seguida me invadió una enorme felicidad: iba a presenciar un Naadam.
Naadam significa “festividad” y hace referencia a cualquier tipo de encuentro festivo. En Mongolia se celebra el Naadam nacional en el mes de julio, en la capital, al que asisten miles de personas de todas partes del mundo. Pero este iba a ser diferente, era un Naadam local, de pueblo, en el mes se septiembre. Ansiosa por ver de qué se trataba el festival me había olvidado que era la hora del almuerzo y que nos esperaban en la casa de nuestro guía para degustar un típico plato mongol. Creo que la comida mongola es la más grasosa y desabrida que alguna vez probé. Todo se explica por las condiciones climáticas y el lugar donde viven. Su dieta se basa en los productos lácteos y en la carne que obtienen de los animales que crían, como ovejas y yaks. La ingesta de grasa se debe a la cantidad de calorías que necesitan para hacer frente a los crudos inviernos. Pero ese día hacía calor. Igual, comimos una sopa con ingredientes que no podría describir y algunos buzz, masa rellena con carne de yack, casi sin gusto. Como mi mente estaba puesta en el festival y el almuerzo era solo un trámite, traté de poner mi mejor cara, comí algo y, agradecida por la amabilidad de la familia, salí al aire puro de la estepa para tomar algunas fotografías de los preparativos.
Así fue que me sentí de repente en otra dimensión, en otro tiempo. Así fue que me crucé con niños vestidos con sus trajes típicos, que practicaban tiro al blanco con arco y flechas, con una destreza nunca vista por mis humildes ojos. Luego de mirar asombrada sus lanzamientos, me detuve en las botas de unos competidores. No sabía competidores de qué. Después me enteraría de que eran luchadores. Una lucha desigual, pensé para mis adentros, ya que se enfrentaban tipos gordos y altos con otros flacos, bajos y de no más de 15 años. Así es la lucha, me explicaron. Como la vida misma, pensé. Pero después volví a concentrarme en sus botas: marrones, de cuero, trabajadas con mucho esmero y adornadas con diferentes formas y vivos colores. Era el complemento ideal del atuendo que usaban para la lucha. Chullumbatar me contaba que esta actividad es la más importante del Naadam. Los participantes realizan unos movimientos de danza antes de dirigirse al centro de la pista y enfrentarse a su contrincante. El objetivo es derribar al otro. No importa que los más pequeños sepan que van a perder, porque lo importante es participar. Es un orgullo para ellos formar parte de este ritual, así que siempre ganan los más grandotes. Mientras se estaban disputando las peleas finales comencé a escuchar música, cada vez más fuerte. Eran los bailes tradicionales que se desarrollaban a unos metros míos. Desvié mi cuerpo hacia ellos y disfruté los colores y el sonido de los bailes mongoles del pasado.
Habían transcurrido varias horas y nuestro guía quería que sigamos camino. Debíamos llegar antes del anochecer al otro ger donde pasaríamos la noche. Me quedé con ganas de más, pero feliz por haber vivido esta experiencia sin tenerla planeada. Nos subimos al auto y seguimos camino. Antes de llegar, pasamos por un ger perdido en el medio de la nada. Eso sí, estaba muy bien cuidado por ovejas y perros. Se asomó un señor con cara de pocos amigos que, luego de una charla inentendible con nuestro guía, la cambió por una sonrisa. Todo pasó rápido. Nos bajamos del auto, trajeron una oveja, le hicieron un tajo, metieron el brazo hasta algún órgano vital del animal y lo apagaron. Literalmente, lo apagaron. No pude evitar pensar en la vida y en la muerte. Un segundo las separa. Yo estaba viva, haciendo lo que más me gusta, esa oveja acababa de estarlo, pero ya no lo estaba, y sería nuestra cena. Calentaron unas piedras y cocinaron la carne sobre ellas. Yo casi ni cené. Mientras, anochecía.
La estepa mongola casi no tiene caminos. Los que viven allí conocen esos terrenos como “la palma de su mano”. Pero igual, a veces pueden perderse. Y Chullunbatar se perdió. Luego de la cena improvisada había que llegar al último ger del día. No había GPS ni señal de teléfono. Abrió la puerta, se paró al lado del auto y, literalmente, aulló. Como los animales en las películas. A los pocos segundos escuchamos otro aullido. Era la respuesta. Se subió al auto, continuó el viaje y llegamos al ger donde pasaríamos la noche. Sentí nuevamente que estaba en otra dimensión, en otro tiempo, en el que las personas se comunicaban así, con el sonido. Muchas experiencias increíbles por un día. Muchas reflexiones. Los puntos no cumplidos en el contrato quedaron de lado. Lo vivido fue intenso e inolvidable. Como Mongolia, como el pasado.

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