René Lavand, el ilusionista

(Semblanza)

A los nueve años, cuando los festejos de carnaval se vieron interrumpidos porque un auto lo atropelló y le aplastó el brazo derecho, Héctor René Lavandera jamás se imaginó que iba a convertirse en René Lavand, uno de los ilusionistas más reconocidos del mundo en la actualidad.
Hombre de ochenta y cinco años, con su brazo derecho ortopédico, aprendió a superar el accidente de los nueve y no dejó que su condición física se interpusiera entre él y su pasión por la magia.
Magia para todos, menos para él que prefiere la palabra ilusionismo. Es la primera aclaración que te hace. Parece como si quisiera dejar en claro quién es el que manda. Igual, aunque quiera mostrar su costado más duro, no siempre puede. La edad suele hacer estas cosas con los hombres. “Aunque si vos querés, podés usar magia”, nos dice después de ver nuestros intentos truncos por reemplazar esa palabra en cada frase.


A sus 14 años llegó a Tandil e hizo de esa ciudad bonaerense su lugar en el mundo. Allí, entre sierras y parques vive con su mujer en una casa de madera de las afueras de la ciudad. Sentado en su sillón, también de madera, escucha Beethoven mientras la luz del día penetra por los enormes ventanales y los rayos de sol hacen visible el humo del incienso que aromatiza el ambiente. En esta escena de película nos recibe serio, nos ofrece algo para tomar y se disculpa por el poco tiempo que puede dedicarnos. Esa seriedad del principio comienza a desdibujarse cuando pasan los primeros minutos. Aunque nunca la pierde del todo.
Mientras habla pausadamente y con voz tanguera, mira para otro lado como buscando la inspiración en el más allá. Parece que necesita elaborar todo lo que va a decir. Pero no. Lo repite de memoria. En cientos de entrevistas dice las mismas frases. Igual, las justifica y cita, por ejemplo a Mae West: “La cosa no está en lo que se hace, sino en cómo se hace. La cosa no está en lo que se dice, sino en cómo se dice. Y por sobre todo, cómo se mira, cuando se hace y se dice “. Él vive así, se muestra como la misma persona, tanto arriba como abajo del escenario, cuando monta su personaje de mago.
Mago para todos, menos para él, que prefiere el término artista. Está cansado de los magos y los “maguitos”. Desde su mirada, avala o critica a discreción, habla de técnica, de arte, de asombro y de belleza, pero también (y sobre todo) habla de la vida. Su tranquilidad es la de un hombre que se reconoce exitoso y que tiene muchas historias vividas para contar. Aunque ya está en edad de elegir a quién contárselas.
Sus presentaciones no solo deslumbran por la habilidad en el manejo de las cartas con su única mano, sino también por las historias con las que “viste” sus juegos y por el manejo de las pausas y los silencios. Uno de sus juegos más famosos es su versión de “Agua y aceite”, un clásico de la cartomagia, en el que utiliza una de su frases célebres: “no se puede hacer más lento”.
Y pareciera que en estos momentos su vida transcurre así: lentamente, en su casa de Tandil, sin más apuros que esperar por el auto que pasará a buscarlo en unas horas para viajar a Mar del Plata donde se exhibirá la película documental El gran simulador, de Néstor Frenkel, que relata su vida y que fue estrenada en el BAFICI de 2013.
Allí, sentado en el sillón de siempre y con su tapete verde preparado por si en cualquier momento necesita mostrar sus habilidades, pasa sus horas sin necesidad, ni ganas, de que lo apuren.

 

Este texto es un ejercicio del taller de crónica periodística de la Universidad Orsai, dictado por Josefina Licitra.

Semblanzas.

Share